
“La nostalgia surge siempre de lo irrecuperable, pero posee al mismo tiempo una asombrosa carga de vida latente que la hace mucho más compleja que el recuerdo. Este, en efecto, sólo puede ser bueno, malo, regular o indiferente, y, a lo más, alegre o doloroso. Pero está ahí, existe mientras no se lo trague el olvido. La nostalgia, en cambio, nos invade cuando el hecho que la motiva es irrecuperable o irremediable. O cuando fue mal vivido, vivido a medias o mal comprendido.”
Confieso sin roche alguno amar locamente a Alfredo Bryce. Desde que leí “Un Mundo para Julius”, cuando tenía 13 años, mi devoción por él se vio asegurada. Y este amor se incrementó al leer “La vida exagerada de Martín Romaña”, “Tantas veces Pedro” o “No me esperen en Abril”, entre otros más. Su ternura y su fina ironía me cautivaron totalmente hasta el día de hoy.
Últimamente el querido escritor ha estado recibiendo acusaciones que ya muchos conocemos. Yo me enteré tarde de la noticia (la culpa de todo la tiene la PC que se malogró) y no puedo negar el haber sentido una profunda tristeza. Mi dios se me cayó por un momento, pero en todo caso habría que separar al escritor del ser humano. Haya hecho lo que haya hecho, con plagio o sin plagio, nadie le quita el haber escrito unos libros geniales y entrañables, y la sola insinuación de que también aquellos libros tengan algo de plagio me parece mezquino. En fin, la idea de este post no era tocar este tema porque ya se ha hablado bastante al respecto y no tengo mucho que aportar además de mi infinita sorpresa-tristeza.
Siempre he querido conocerlo personalmente, y una vez casi lo logré. Era el año 1999, y Bryce acababa de hacer su tan celebrado retorno al Perú después de 35 años viviendo en Europa. En ese entonces yo trabajaba en el noticiero de un canal de televisión y mi horario de trabajo terminaba a las 10 de la noche al finalizar el noticiero. Pero ese día decidí quedarme, ya que después del noticiero venía un conocido programa de entrevistas y esa noche el invitado sería Bryce. Yo había llevado mi ejemplar tantas veces leído de “Un Mundo para Julius” y estaba totalmente decidida a no salir del canal hasta meterle letra a Bryce y conseguir una firma para mi libro.
Cuando finalmente Bryce entró al estudio, mis planes se vieron frustrados. Parece que ese día se tomó unos cuantos vodka tonics de más (todos sabemos de qué pie cojea nuestro escritor) y llegó al canal en estado deplorable ayudado por dos señoras. Imposible acercarme a él en ese estado, sobre todo cuando intentaron darle agua y ponerle un poco de maquillaje en un vano afán de revivirlo para la entrevista que se realizaría en 5 minutos.
Y empezó la entrevista, y fue un fracaso total, el conductor del programa no le pudo sacar más de dos palabras coherentes a Bryce y la entrevista que estaba planificada para que dure el programa entero sólo pudo durar un bloque. En el corte comercial las señoras se tuvieron que llevar al escritor prácticamente cargado, y yo me tuve que ir a mi casa con mi libro tan sin firma como llegó y muriéndome de pena.
Años después, sería el 2004 o 2005, estaba yo en el aeropuerto de Lima dirigiéndome a la sala de embarque donde tomaría mi vuelo para regresar a Santiago, cuando en eso lo vi. Estaba sentado en uno de los cafés del aeropuerto, conversando con una señora, su esposa de repente, no se… Me quedé inmóvil, paralizada mirándolo y decidiendo qué hacer. En ese momento no tenía ningún libro suyo conmigo así que el pretexto de la firma no me iba a funcionar. Y entonces me sentí Julius, Martín Romaña y Manongo Sterne. Me vino una timidez total y absoluta y visualicé el momento en que yo, roja como un tomate me acercaría a saludar al escritor, y éste tan tímido como sus personajes me miraría con cara de “Y esta quien es que viene a interrumpir mi agradable conversación”, que decidí no hacer nada, le di una última mirada a mi ídolo de ídolos y seguí caminando hacia mi sala de embarque, snif.
Esa fue la triste historia de mis encuentros frustrados con mi escritor favorito. Y para variar me salí del tema ya que lo que yo quería es contar que recién terminé de leer la segunda parte de sus antimemorias “Permiso para sentir”. Este libro es del 2005 así que lo leo re tarde y seguro muchos de ustedes ya lo leyeron pero igual quería opinar al respecto.
El libro se divide en dos partes. En la primera sigue la línea del primer tomo
de sus antimemorias “Permiso para vivir”, publicada en 1993. Es decir, anécdotas de su vida, de su niñez, de sus amigos, narradas separadamente y en orden aleatorio. Una especie de blog digamos, siempre con el toque de humor, ironía y ternura que caracteriza al escritor.
Pero lo que me tocó hondo fue la segunda parte. En esta narra su regreso al Perú en 1999 luego de su larguísima estadía en Europa, sus impresiones sobre cómo encontró el país después de su ausencia y la sorpresa y desazón que sintió al llegar a un Perú tan distinto del que dejó en los 60´s.
Es una narración que lleva mucho de amargura y de denuncia con nombre y apellido de algunos personajes limeños. También hay mucha crítica política, le da con palo al gobierno de aquellos años (el recordado Fujimontesinismo) lo cual me sorprendió sobremanera, no por su postura política en sí, sino porque Bryce siempre se había mantenido medianamente apolítico en sus libros. Sentí inclusive al leerlo una cuota de cinismo, de menosprecio por la nueva Lima del siglo XXI. Si bien la ironía siempre ha sido un recurso que ha caracterizado a Bryce, esta vez la sentí amarga, áspera.
Pero no deja de ser interesante como una persona se puede pasar más de tres décadas fuera de su patria, extrañándola a muerte y viviendo diariamente con la nostalgia, y en el momento de regresar se sienta perdido, extranjero en su tierra, un apátrida.
Y me hace preguntar qué tan fuerte puede ser el desarraigo, qué tan difícil es regresar a la patria después de cuatro años, diez años, treinta años… y sentí miedo y sentí pena y sentí desazón pero sobre todo sentí nostalgia.
Y ahí entendí por qué Bryce le puso ese título a sus antimemorias.